Ir al contenido principal

CONDUCTISMO



El conductismo es una filosofía, un sistema general de principios, opiniones e ideas sobre el hombre y su actividad, pero no una psicología en sí misma, sino, en palabras de Ribes (1982): «El conductismo, a diferencia de las teorías psicológicas formuladas como un todo acabado, constituye una filosofía de la ciencia psicológica y, como toda filosofía de la ciencia genuina, no es más que la reflexión sobre el propio desarrollo teórico y empírico de la disciplina.» Esta filosofía concibe al hombre como un ser unitario, en continua relación funcional con su entorno y cuyo comportamiento está regido por leyes naturales, abordables desde una metodología científica. Como tal filosofía ha inspirado a numerosos psicólogos de nuestro siglo, que han adoptado posiciones materialistas, en lugar de idealistas; más funcionales que estructurales; unitarias en lugar de dualistas respecto a la naturaleza del hombre y que han primado el estudio de procesos sobre el de entidades. Los psicólogos llamados conductistas sostienen que la conduela es el objeto de estudio de la psicología, si bien no mantienen posiciones idénticas sobre lo que sea la conducta y su estudio: Pueden distinguirse autores, como Watson (1924), que identifican la conducta como lo que el organismo hace y limitan este hacer a lo observable, restringiendo la disciplina al estudio del movimiento. La lectura de Skinner y de sus seguidores, como se ha expuesto  tanto expuesta con mayor extensión más adelante, al presentar las aplicaciones educativas del Análisis Experimental del Comportamiento y las Técnicas de Modificación de Conducta. Una tercera línea conductual, que arranca de Kantor (1959) y llega hasta la actualidad en los estudios, entre otros, de Schoenfeld (1972) y Ribes (Ribes y López, 1985), plantea el estudio de la conducta como un estudio de relaciones de campo, como interconducìa, en un abordaje molar y no molecular, sin renunciar a los principios básicos anteriormente enunciados del conductismo. Al profundizar en el concepto de interacción y de función, como mediación de contingencias, se proponen formas de organización de la conducta diferenciadas cualitativamente por el «nivel específico de desligamiento frente a propiedades fisicoquímicas que las definen» (Ribes y López, op. cit., p. 20) y por las diversas «formas de contacto» entre el organismo y el medio. A partir de aquí se hace posible abordar fenómenos psicológicos, como las conductas simbólicas o la convencionalidad, por ejemplo, sin reduccionismos ni mecanicismos, pero evitando al mismo tiempo posturas mentalistas o dualistas. Dado que esta teoría de la conducta se está desplegando en los últimos diez años y aún no ha generado lo que podríamos llamar tecnología educativa o aplicaciones prácticas transferibles a la escuela, no trataremos de ella con mayor amplitud; sin embargo, su importancia puede ser decisiva en este final de siglo para la necesaria clarificación paradigmática de la psicología como ciencia. al hablar del Análisis Experimental del Comportamiento, permite plantear una definición de la conducta como interacción entre el individuo y su entorno, y deja paso a los llamados eventos privados y al estudio del lenguaje y la personalidad (Staats 1968, 1971), con lo que el panorama conductual se amplia, si bien se mantienen limitaciones de importancia, como cierto mecanicismo, por ejemplo, presente en la linealidad de algunas explicaciones. La obra de Skinner ha dado lugar a innumerables investigaciones y aplicaciones al campo de los procesos de enseñanza/aprendizaje en el aula y será, por tanto expuesta con mayor extensión más adelante, al presentar las aplicaciones educativas del Análisis Experimental del Comportamiento y las Técnicas de Modificación de Conducta. Una tercera línea conductual, que arranca de Kantor (1959) y llega hasta la actualidad en los estudios, entre otros, de Schoenfeld (1972) y Ribes (Ribes y López, 1985), plantea el estudio de la conducta como un estudio de relaciones de campo, como interconducìa, en un abordaje molar y no molecular, sin renunciar a los principios básicos anteriormente enunciados del conductismo. Al profundizar en el concepto de interacción y de función, como mediación de contingencias, se proponen formas de organización de la conducta diferenciadas cualitativamente por el «nivel específico de desligamiento frente a propiedades fisicoquímicas que las definen» (Ribes y López, op. cit., p. 20) y por las diversas «formas de contacto» entre el organismo y el medio. A partir de aquí se hace posible abordar fenómenos psicológicos, como las conductas simbólicas o la convencionalidad, por ejemplo, sin reduccionismos ni mecanicismos, pero evitando al mismo tiempo posturas mentalistas o dualistas. Dado que esta teoría de la conducta se está desplegando en los últimos diez años y aún no ha generado lo que podríamos llamar tecnología educativa o aplicaciones prácticas transferibles a la escuela, no trataremos de ella con mayor amplitud; sin embargo, su importancia puede ser decisiva en este final de siglo para la necesaria clarificación paradigmática de la psicología como ciencia. 







Comentarios